El ritual es simple pero cargado de simbolismo: una pareja coloca un candado en la baranda de un puente y arroja la llave al río, sellando así su amor para la eternidad. Sin embargo, ¿qué sucede cuando los operarios municipales, en su labor de mantenimiento, cortan estos símbolos de amor acumulados?
La práctica, que comenzó en Roma y se popularizó tras la novela "Tengo ganas de ti" de Federico Moccia, ha generado un debate que trasciende lo romántico. Por un lado, están quienes defienden este gesto como una expresión contemporánea del amor, argumentando que las ciudades deben adaptarse a nuevas formas de manifestación cultural. "El amor también construye patrimonio", sostienen.
Los detractores, principalmente conservacionistas y autoridades locales, advierten sobre el daño estructural que el peso acumulado de los candados puede causar en estructuras históricas, además del impacto visual que estos elementos pueden generar. El puente de San Pablo, en Cuenca, es un buen ejemplo de esta práctica que supone, además, una fuente de ingresos para los comerciantes locales que venden los candados. Cada cierto tiempo, cuando la acumulación de candados es importante, los operarios municipales se encargan de retirarlos de esta joya arquitectónica del siglo XVI, que merece especial protección por su valor histórico y cultural.
¿Es el amor menos verdadero si no deja una marca física en la ciudad? Quizás la respuesta está en encontrar nuevas formas de expresión romántica que no comprometan nuestro patrimonio. Después de todo, el amor verdadero trasciende los símbolos materiales y perdura en el corazón, no en el metal de un candado.
La próxima vez que paseando por un puente veas los destellos metálicos de los candados, recuerda que el amor, en su expresión más pura, no necesita cerraduras ni llaves. Se mantiene vivo en los recuerdos, las promesas cumplidas y los momentos compartidos, sin necesidad de dejar huella en nuestros monumentos históricos.